Y SE HIZO LA LUZ
Era la noche del 31 de Diciembre de mil
novecientos sesenta, cuando por primera vez me dirigía junto con dos amigos a
la fiesta de fin de año en unos locales
acondicionados para tal fin; digo que era la primera vez porque efectivamente
era la primera vez, ya que siempre la
había pasado en casa con mis padres y
hermanos pues esa era la costumbre la norma por aquellos tiempos, en que las
salidas nocturnas no eran bien vistas ni facilitadas, la norma era disfrutarla
en familia y después de las doce campanadas, visitar a los abuelos que vivían
muy próximos a nosotros.
Con veinte años
la imaginación vuela a velocidad supersónica, dando por descontado que este
acontecimiento tendría unos resultados acorde con los deseos que de manera
vehemente deseaba que ocurrieran.
Iba ilusionado
por ver como sería comerse las doce uvas fuera del hogar paterno y como
celebrar la despedida del año junto con mis dos amigos, y si se cumpliría el
principal objetivo que era conocer alguna chica con la que formalizar una
relación, pues a esa edades se necesita de una manera perentoria, en lo físico
y en lo sentimental a otra persona con la que compartir todos esos proyectos
que deberían concluir en la formación de una nueva familia.
Cuando llegamos
al local observé como todo el espacio estaba adornado: con farolillos de
colores, mesas, perchas y sillas donde depositar los abrigos, pues la noche
como corresponde a tal fecha era fresquita; la música y la multitud de chicas invitaban
a pasarlo bien. Mientras observábamos y buscábamos el mejor sitio para
sentarnos, percibí justo al lado derecho de donde me encontraba, unos asientos libres y tres
chicas guapas acompañadas de una pareja un poco mayor, pero también joven
aunque creo que casada; inmediatamente pensé que no sería mal sitio ni mala
decisión sentarse cerca de aquel ramillete de flores vistosas alegres y por lo
que parecía libres de compromiso; no fue un error como inmediatamente pude
comprobar, me acerque al pequeño grupo para solicitar un baile que se me
concedió por una de las jóvenes allí presentes, bien proporcionada, muy
femenina de delicados modales, mirada tierna coqueta y misteriosa; mientras
bailábamos me contó que eran dos hermanas que habían acudido a celebrar la
despedida de año también por primera vez; la que me acompañaba era Pilar y
Amelia la otra de ellas que justo en ese momento pasaba a mi lado bailando con
otro joven, al cruzarse me dedicó una sonrisa, me imagino que propia del
momento, de la ilusión y de la fecha que invita a exteriorizar esos alegres
sentimientos de una manera espontánea; el siguiente baile se lo solicité a la
hermana y mientras bailábamos, me cautivó su mirada y su elegancia, aunque han
pasado cincuenta años recuerdo como iba vestida, una falda color hueso, una
blusa malva con una especie de corbata del mismo color y una guirnalda de
flores de papel a manera de collar; la chaqueta del mismo tejido que la falda
había quedado en la silla como pude comprobar en el descanso.
La charla fue
amena, nos tomamos las doce uvas sin atragantarnos, nos reímos y quedamos
citados para el día siguiente, (que no era tal pues ya había pasado la media
noche) en misa de una en la catedral.
No recuerdo a
que hora nos acostamos, pero sí que cuando desperté no había tiempo de llegar a
la cita, no obstante corrí lo suficiente para ver como salían en ese momento,
pues la celebración acababa de finalizar; observé con los ojos bien abiertos a
cada una de las personas, deseando con verdadera vehemencia que hubiese acudido
a misa, cual fue mi alegría cuando apareció por la puerta que da ala calle
Cister, tan lozana y elegante como la había dejado hacía pocas horas; me
disculpé de una manera sentida y un poco nervioso, pues no recuerdo haber
llegado tarde nunca en mi vida familiar o profesional, a ninguna de las citas o
reuniones que hubiera quedado; dimos un paseo por el centro de la ciudad y como
se acercaba la hora del almuerzo, la invité a una cerveza en uno de los bares
próximos a la plaza de la constitución; la acompañe hasta su casa y nos
despedimos sin haber concretado nada, algo que fui lamentando de regreso a
casa.
Durante toda la
semana siguiente no podía olvidar aquella mirada, así es que estaba deseando
que llegara nuevamente el domingo para dirigirme a misa de una en la catedral,
esperando que ella se encontrara allí y poder volver a verla.
Con la ilusión de
poder repetir y alargar lo más posible un nuevo paseo, me dirigí nuevamente a
misa con el tiempo más que suficiente, por si la veía entrar o sí ya estaba
dentro y Eureka allí estaba acompañada de su amiga María Victoria. Me latía
fuertemente el corazón cuando me dirigía a su lado; nos saludamos con una
sonrisa y una vez comenzada la misa, en el momento de arrodillarse le acerque
una boina que alguien había olvidado para que sus rodillas no tocaran el frío
suelo, ella aceptó el gesto y me ofreció una nueva y amable sonrisa que me
lleno de satisfacción; salimos juntos y yo esperanzado por haberla podido
encontrar de nuevo, el día era soleado uno de esos días malagueños llenos de
luz que invitan a todo menos a la tristeza, paseamos por el parque contentos
ilusionados y por mi parte rendido a sus encantos, esta vez si nos citamos para
un próximo encuentro que no tardaría en llegar.
Regresé a casa
cantando y corriendo, no podía digerir así como así lo que me estaba ocurriendo
pero lo intuía como real, sin artificios ni encantamientos; me pareció que
hasta entonces había andado buscando algo que en aquel momento acababa de
encontrar.
¿ amor a primera
vista? ¿ reacción química provocada por nadie sabe como a través de los
sentidos? No lo sé pero algo me estaba pasando inexplicablemente, sería esa
necesidad que todo hombre tiene de encontrar su media naranja o el polo opuesto
que le pudiera complementar; la verdad es que cuando vamos por la calle vemos
parejas en las que encontramos muchas similitudes que podrían explicar esa
unión que nadie sabe como ocurre o que mecanismo hace de cupido.
Los poetas
cuando hablan de enamorados y enamoramientos, siempre lo hacen con énfasis
lírico y verbo arrebatador; yo solo puedo decir que me ocurrió como al ciego
que abre los ojos por primera vez a la luz, o el incrédulo que encuentra su
camino hacía Damasco. Tuve una gran sensación de paz y sosiego que lleno mi
espíritu, al descubrir en aquella mujer la que habría de ser para siempre la mía.
En uno de los
siguientes paseos, no pude esperar mas
para cogerle de la mano, a lo que ella quizá con sorpresa pero sin rechazo me
dedicó una mirada de asentimiento, que yo interpreté como una escritura hecha y
registrada en el bufete mayor del reino, legal signada y rubricada en presencia
de los mas importantes y próximos testigos, las palmeras del parque, el
murmullo del agua de la fuente y el arrullo de las palomas.
Todo se hizo mas
bonito de pronto, las rosas y los claveles se convirtieron en nuestros
principales objetivos, pues cada tarde que paseábamos por los jardines,
volvíamos a casa con un ramo que su madre le ponía a un niño de Dios que según
me contaba, era tan bonito como los que se veían en los museos, en las iglesias
o en las catedrales; cada tarde me despedía con pesar y con dolor por tener que
separarnos aunque solo fuera por poco tiempo.
Las horas
pasaban tan lentamente que parecía no llegar nunca el momento de la tarde para
recogerla, cuando salía del trabajo no andaba ni corría, sino que volaba camino
de la calle victoria para encontrarme con ella, cogerle la mano y pasear por el
parque o el paseo marítimo; teniendo siempre en cuenta que debíamos de estar de
vuelta a las diez de la noche como hora limite, pues según me contaba su padre
era muy estricto en cuanto a la hora de llegada a casa. Los domingos cuando iba
a recogerla, al pasar por la plaza de la merced cogía una flor llamada espírea,
que estaba compuesta de multitud de pequeñísimos capullos blancos que me
colocaba en el ojal de la solapa; este gesto lo asociaba y me hacía recordar aquella escena romántica que cuentan de un
torero y su amada: y es como sigue, iba haciendo el paseíllo con un gran ramo
de rosas en la mano; al compás del pasodoble cruzaba la plaza al frente de la
cuadrilla y después de saludar ceremoniosamente a la presidencia me fui derecho
hacia un palco donde estaba mi enamorada, le ofrecí el ramo a aquella mujer
bellísima, ella tomó las rosas que le ofrecía con gallarda apostura y cogiendo
una de ellas, la mas roja la besó y me la ofreció con no menos gentileza; Yo me
la coloqué en el ojal de la chaquetilla
llevándola como la mas preciada de las condecoraciones, me fui lleno de
súbito coraje hacia la fiera que me esperaba rugiendo desesperadamente, echando
espumarajos por la boca y fuego por los ojos, el terrible toro se precipitó
sobre mi; yo adelanté el pecho y el húmedo hocico de la bestia paso rozando
junto a la rosa que ella le había devuelto. Este sencillo gesto me irrito
sobremanera, no se porque pero me irritó muchísimo y una vez irritado me empeñe
en hacer rabiar a la fiera, pasándole la rosa una y otra vez por el hocico y
mientras el publico observaba con escalofriante emoción, ocurrió al fin una
cosa sorprendente, algo entre prestidigitación e ilusionismo: el toro
limpiamente con el mas hábil juego de pitones que pueda imaginarse, enganchó la
rosa roja y me la sacó del ojal de la chaquetilla llevándola prendida en el
acta. Al ver esto la enamorada y parte del público se desmayaron de emoción.
Así conquisté yo a mi mujer según contó el periodista que hizo la reseña de la
corrida al día siguiente, aunque yo creo que la cosa fue un poco más sencilla.
Recuerdo como en
una ocasión fui a recogerla a la estación de suburbanos cuando volvía de la
finca familiar del Rincón de la victoria, donde habitualmente pasaban las
vacaciones y donde ella misma había nacido durante una de ellas. Me oculté para
no ser visto y fui andando solo unos metros detrás de ella hasta el parque sin
que se percibiera de mi presencia, disfrutando en silencio y ensimismado de su
gallardía al andar, ataviada con un vestido de ropa vaquera que me trasportaba
no se a que lugar; no pude resistir mas, la alcancé para darle la sorpresa y
contarle que no había llegado tarde, sino que venia contemplando y admirando el
paisaje desde distinto lugar, pero igual de bonito atrayente y atractivo.
Los románticos
atardeceres con la luna llena eran nuestro habitual ejercicio contemplativo,
desde cualquier sitio que se divisara, mirara hacía lo alto o la mirara a ella
siempre estaba en el cielo. No hay mejor definición de esta emoción, que aquel
verso del poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer que así decía.
En el majestuoso
conjunto de la creación, no hay nada que conmueva tan hondamente, que acaricie
mi espíritu, que dé vuelo a mi fantasía, como la luz apacible y desmayada de la
luna………….
Es bueno
positivo y aconsejable mantener vivos y presentes los recuerdos, sobre todo los
agradables bonitos y emocionantes, ejercitan la mente, rejuvenece a la persona
y la hace mas amable de carácter.
Esta etapa
inmejorable de nuestra juventud, recordada y mantenida como actual y vigente,
es el combustible imprescindible para poder afrontar todas las vicisitudes que
la vida real nos presenta, las limitaciones de nuestros megalómanos sueños, nos
estimula en las dificultades y nos da paz y conformidad en las difíciles
situaciones por las que pasa una familia a lo largo de cincuenta años, y a
pesar de los pesares a merecido la pena con mayúscula, pues ha tenido como
fruto seis hijos inmejorables y diez nietos de ensueño, que hacen las delicias
de los abuelos y les permiten seguir repartiendo con ilusión el cariño que
brota espontáneo de un corazón alegre confiado y agradecido.
Estos sentidos
renglones son el regalo para mi mujer Amelia con el cariño de siempre en el día
de su santo, treinta y uno de mayo de dos mil once.

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