AMANECER
Las esporádicas visitas a la tierra que me vio
nacer, me permiten sacar a la luz recuerdos casi olvidados, renovar el oxigeno
que alimenta el sentimiento y actualizar algunos de los momentos ya muy atrás
vividos, y a su vez afianzar mas profundamente las raíces que de una manera
imperceptible nos unen a ella; fruto de la mas reciente ha sido el relato que
sigue a continuación , en el que de una manera sencilla procuro describir, las
reacciones, las costumbres que condicionan la forma de proceder a edades tan
tempranas, como consecuencia de la educación recibida y de la dependencia
filial tan hondamente enraizada.
Acostado en un
colchón de farfollas( hojas que envuelven la mazorca de maíz) colocado sobre el
suelo, debajo de una frondosa parra de uvas negras a modo de porche, que
proporcionaba sombra a la casa orientada hacía el este en las horas que el sol
daba de frente, arropado solo con una sabana, aterido y encogido por el frío
del amanecer aunque fuera todavía el mes de agosto, decidí no seguir sintiendo
el frescor de la mañana que me impedía conciliar el sueño; me levanté con la
intención de entrar en la casa y ponerme a cubierto de la escasa temperatura
que en el exterior había; en esta parte del monte las noches y los amaneceres
recomiendan abrigarse un poco mas de lo normal, los días como contraste eran de
una exuberante luminosidad y fuerte calor. Una vez dentro de la casa y sentado
en una silla de anea, esperaba a que se levantaran las hermanas y la mañana avanzara,
para comenzar un nuevo día. Terminado el desayuno que consistía en un tazón de
leche de cabra migado con sopas de pan del día anterior, nos dispusimos a
comenzar la normal jornada de trabajo; asesorado por el hijo del propietario
subí a una mula que pastaba cerca en un rastrojo después de aparejarla, para
dirigirnos a otra parte de la finca, ya subido y acomodado apreté los talones
en los ijares comenzando al momento el animal un alegre trote para mi más que
ligero, pero logré asirme bien a la montura para no caerme y acompañarlo hasta
un terreno alejado y agreste, donde estaban segando el trigo sin que la bestia
me derribara. Llegado al lugar de la faena desmonté, até el animal a un olivo y
avancé por el rastrojo hasta el tajo en que los segadores, hoz en mano y
provistos de deales así le llamaban a una especie de guantes que protegían las
manos, cortaban los secos tallos de
espigas pajizas y los hacían gavillas,
atándolas con una tomiza echa de esparto majado para llevarlas al carro que
cerca de ellos esperaba y cuyo destino final sería la era. Una vez completada
la carga nos pusimos en marcha hacía la parva; yo regresé aupado y arrellanado
encima de los ases de trigo, animado por el traqueteo de la carreta y las
ordenes que el gañan dirigía con talante imperativo y algún que otro improperio
a las dos mulas, que con esfuerzo tiraban de la carga por aquel camino plagado
de baches y agujeros, como consecuencia de las lluvias del pasado invierno y
primavera, sin haber recibido desde entonces ninguna reparación ni
acondicionamiento que facilitaran la marcha; el olor de la mies recién segada y
el picor de las finas agujas de las espigas, introducidas debajo de la ropa a
causa de los brincos que daba el centenario y milenario transporte, me
producían un picor que me ocupaba casi todo el cuerpo, ya cubierto por el polvo
que el rodar de la carreta y las patas de las acémilas producían, me hace
ahora recordar una imagen costumbrista,
reflejada con soltura y brillantez por muchos pintores de la epoca romántica del
diecinueve. Después de tan sinuoso trayecto con los animales casi exhaustos por
el esfuerzo, arribamos junto a la trilla donde se descargaban los haces. Era un
cortijo situado en una pequeña loma muy cerca de un arrollo, en cuya ribera
había una huerta con varios tipos de árboles frutales, especialmente melocotones
que por allí llaman durásnos por lo poco que aguantan sin pudrirse, con las
ramas inclinadas hacia el suelo y apoyadas sobre palos en forma de y griega a
modo de muletas para que no se rompieran a causa del peso del fruto que estos
prolíficos ejemplares dan; había granados, melones, sandias y otros productos propios
de esta época del año como tomates, pimientos, cebollas y berenjenas, que les
proveían de lo necesario para alimentar a toda la familia, a la vez que
enriquecían con abundantes vitaminas la dieta excesiva de grasas derivadas del
consumo de chacinas y tocinos de cerdo; estaba compuesta de tres hijas y un
hijo mayor que yo, que todo el día estaba trabajando en la siega y demás faenas
propias de una casa de campo, con varios mulos y caballos a los que cuidar, era
tiempo de recolección; el padre amigo del mío me había invitado a pasar unos
días en la finca, yo tenía nueve o diez años y notaba la soledad, en lo que
para mi ya era una larga ausencia del hogar paterno, al no encontrar con quien
jugar para hacer mas amena y llevadera la estancia entre aquellas personas, que
con las mejores intenciones por su parte, me habían llevado a lomos de una de
las yeguas que utilizaban para sus traslados al pueblo no muy distante.
Al atardecer del
tercer día cuando el reloj solar anunciaba el crepúsculo y los pardos reflejos
del astro rey se habían perdido por el horizonte, sentado solo en un banco del
lateral de la casa, que lo utilizaban para que las mujeres subieran a las
caballerías, echando de menos a mis padres y a mi circulo de amigos y los
juegos con los que nos divertíamos, bailando el trompo, jugando a policías y
ladrones con pistolas y sables hechos de madera de chopo, tan abundante en las
riberas del Geníl, un poco cansado por subir y bajar en repetidas ocasiones la
sinuosa y empinada cuesta que había entre la casa y la huerta para degustar
algunas de las frutas que naturaleza brindaba; sin reflexionar sin pensármelo
dos veces ni tener en cuenta las consecuencias de mi acción y sin avisar a
nadie, me volví para mi casa a paso mas que ligero; el trayecto no era muy
largo pero llegué de anochecida, aun recuerdo la tranquilidad la satisfacción
de encontrarme nuevamente en casa arropado por mi entorno, mi padre al ver mi
inesperado regreso, sorprendido y extrañado no encontraba explicación ni
justificación a lo que había hecho, me llamó duramente la atención, estando
además preocupado por no poder avisar a mis anfitriones de lo ocurrido ya que
no había teléfono, la única forma era trasladarse al cortijo para pedir
disculpas por lo ocurrido, era ya de noche cerrada cuando pensaba salir para
informales de mi regreso, en el momento que llegaban dos de las hermanas
preguntando por mi, extrañadas por mi inesperada ausencia que les inquietó y
les preocupó, pues por aquellos años 49 o 50 corría la voz de que existían unos
tíos mantequeros que raptaban a los niños; mi hermana un año mas pequeña que yo
animada por mis progenitores para afear mi conducta y darme una lección, se
ofreció a marchar con ellas y hacerme ver como se debía uno comportar en cada
momento. La salida fue alegre nuevamente en dirección a la finca, con la
satisfacción de haberme encontrado sano y salvo y acompañadas de un nuevo
miembro de la familia, la noche era cerrada y la falta de iluminación permitía
observar un cielo estrellado, pudiendo observar con toda claridad la vía láctea
la osa mayor y la menor, la estrella polar etc. En repetidas ocasiones tumbados boca arriba
nos entreteníamos con frecuencia, durante esa época estival en mirar la luna con
sus sombras y manchas, que nosotros imaginábamos con forma de un leñador
cargado con su haz de leña, interpretación trasmitida por nuestros mayores
propia de una sociedad rural. La jornada concluyó, nos acostamos yo quizá antes
de lo acostumbrado para evitar nuevas reprimendas, cuando a eso de las tres o
las cuatro de la mañana, suena la aldaba o llamador de la puerta, baja mi madre
para preguntar quien llama y cual sería su sorpresa, al ver que nuevamente eran
las dos hermanas y el hermano acompañadas de la mía, que había marchado hacía
pocas horas, aparentemente voluntaria a pasar unos días en el mismo lugar que
yo acababa de abandonar; al poco tiempo de llegar y echar de menos a mis padres
comenzó a llorar, no encontrando consuelo en las palabras que tan cariñosa
familia le dirigía, a la vista del precedente decidieron traerla nuevamente a
casa sin dilación; la cara de mis padres ante la nueva sorpresa era todo un
poema, no encontraban palabras que disculparan el comportamiento de unos niños
no acostumbrados a alejarse del hogar paterno; yo por mi parte encontré cierto
apoyo cierto argumento a mi favor, pues lo que acababa de ocurrir reforzaba mi
conducta aunque no fuera ni correcta ni oportuna. Los tres momentáneos tutores
marcharon después de despedirse y quitarle hierro a lo ocurrido; durante varios
años después, cada vez que mi padre veía a su amigo, la disculpa era el primer
saludo, la amistad continuó pero nunca más se repitió la invitación, porque
jamás hubiéramos sido autorizados a pernoctar fuera del hogar a edades tan
tempranas, en unos tiempos en el que muchas de las personas vivían y morían en
el mismo lugar de su nacimiento, sin haber salido nunca mas allá de los limites
del pueblo; época afortunadamente pasada pero no olvidada, que algunos tuvimos
la suerte de no sufrir, pero que una inmensa mayoría sufrió con resignación en
esos años de posguerra, en los que la
miseria y la pobreza se enseñoreaban sin compasión, en la inmensa mayoría de la
sociedad, con más crudeza en las ciudades que en los pequeños núcleos de
población rural, donde el cultivo de lo imprescindible, la recogida de
espárragos y collejas, la caza con trampas y escopetas les permitía capear
aunque solo ligeramente el temporal.

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