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martes, 26 de febrero de 2013

amanecer


                              AMANECER
 Las esporádicas visitas a la tierra que me vio nacer, me permiten sacar a la luz recuerdos casi olvidados, renovar el oxigeno que alimenta el sentimiento y actualizar algunos de los momentos ya muy atrás vividos, y a su vez afianzar mas profundamente las raíces que de una manera imperceptible nos unen a ella; fruto de la mas reciente ha sido el relato que sigue a continuación , en el que de una manera sencilla procuro describir, las reacciones, las costumbres que condicionan la forma de proceder a edades tan tempranas, como consecuencia de la educación recibida y de la dependencia filial tan hondamente enraizada.
Acostado en un colchón de farfollas( hojas que envuelven la mazorca de maíz) colocado sobre el suelo, debajo de una frondosa parra de uvas negras a modo de porche, que proporcionaba sombra a la casa orientada hacía el este en las horas que el sol daba de frente, arropado solo con una sabana, aterido y encogido por el frío del amanecer aunque fuera todavía el mes de agosto, decidí no seguir sintiendo el frescor de la mañana que me impedía conciliar el sueño; me levanté con la intención de entrar en la casa y ponerme a cubierto de la escasa temperatura que en el exterior había; en esta parte del monte las noches y los amaneceres recomiendan abrigarse un poco mas de lo normal, los días como contraste eran de una exuberante luminosidad y fuerte calor. Una vez dentro de la casa y sentado en una silla de anea, esperaba a que se levantaran las hermanas y la mañana avanzara, para comenzar un nuevo día. Terminado el desayuno que consistía en un tazón de leche de cabra migado con sopas de pan del día anterior, nos dispusimos a comenzar la normal jornada de trabajo; asesorado por el hijo del propietario subí a una mula que pastaba cerca en un rastrojo después de aparejarla, para dirigirnos a otra parte de la finca, ya subido y acomodado apreté los talones en los ijares comenzando al momento el animal un alegre trote para mi más que ligero, pero logré asirme bien a la montura para no caerme y acompañarlo hasta un terreno alejado y agreste, donde estaban segando el trigo sin que la bestia me derribara. Llegado al lugar de la faena desmonté, até el animal a un olivo y avancé por el rastrojo hasta el tajo en que los segadores, hoz en mano y provistos de deales así le llamaban a una especie de guantes que protegían las manos,  cortaban los secos tallos de espigas pajizas  y los hacían gavillas, atándolas con una tomiza echa de esparto majado para llevarlas al carro que cerca de ellos esperaba y cuyo destino final sería la era. Una vez completada la carga nos pusimos en marcha hacía la parva; yo regresé aupado y arrellanado encima de los ases de trigo, animado por el traqueteo de la carreta y las ordenes que el gañan dirigía con talante imperativo y algún que otro improperio a las dos mulas, que con esfuerzo tiraban de la carga por aquel camino plagado de baches y agujeros, como consecuencia de las lluvias del pasado invierno y primavera, sin haber recibido desde entonces ninguna reparación ni acondicionamiento que facilitaran la marcha; el olor de la mies recién segada y el picor de las finas agujas de las espigas, introducidas debajo de la ropa a causa de los brincos que daba el centenario y milenario transporte, me producían un picor que me ocupaba casi todo el cuerpo, ya cubierto por el polvo que el rodar de la carreta y las patas de las acémilas producían, me hace ahora  recordar una imagen costumbrista, reflejada con soltura y brillantez por muchos pintores de la epoca romántica del diecinueve. Después de tan sinuoso trayecto con los animales casi exhaustos por el esfuerzo, arribamos junto a la trilla donde se descargaban los haces. Era un cortijo situado en una pequeña loma muy cerca de un arrollo, en cuya ribera había una huerta con varios tipos de árboles frutales, especialmente melocotones que por allí llaman durásnos por lo poco que aguantan sin pudrirse, con las ramas inclinadas hacia el suelo y apoyadas sobre palos en forma de y griega a modo de muletas para que no se rompieran a causa del peso del fruto que estos prolíficos ejemplares dan; había granados, melones, sandias y otros productos propios de esta época del año como tomates, pimientos, cebollas y berenjenas, que les proveían de lo necesario para alimentar a toda la familia, a la vez que enriquecían con abundantes vitaminas la dieta excesiva de grasas derivadas del consumo de chacinas y tocinos de cerdo; estaba compuesta de tres hijas y un hijo mayor que yo, que todo el día estaba trabajando en la siega y demás faenas propias de una casa de campo, con varios mulos y caballos a los que cuidar, era tiempo de recolección; el padre amigo del mío me había invitado a pasar unos días en la finca, yo tenía nueve o diez años y notaba la soledad, en lo que para mi ya era una larga ausencia del hogar paterno, al no encontrar con quien jugar para hacer mas amena y llevadera la estancia entre aquellas personas, que con las mejores intenciones por su parte, me habían llevado a lomos de una de las yeguas que utilizaban para sus traslados al pueblo no muy distante.
Al atardecer del tercer día cuando el reloj solar anunciaba el crepúsculo y los pardos reflejos del astro rey se habían perdido por el horizonte, sentado solo en un banco del lateral de la casa, que lo utilizaban para que las mujeres subieran a las caballerías, echando de menos a mis padres y a mi circulo de amigos y los juegos con los que nos divertíamos, bailando el trompo, jugando a policías y ladrones con pistolas y sables hechos de madera de chopo, tan abundante en las riberas del Geníl, un poco cansado por subir y bajar en repetidas ocasiones la sinuosa y empinada cuesta que había entre la casa y la huerta para degustar algunas de las frutas que naturaleza brindaba; sin reflexionar sin pensármelo dos veces ni tener en cuenta las consecuencias de mi acción y sin avisar a nadie, me volví para mi casa a paso mas que ligero; el trayecto no era muy largo pero llegué de anochecida, aun recuerdo la tranquilidad la satisfacción de encontrarme nuevamente en casa arropado por mi entorno, mi padre al ver mi inesperado regreso, sorprendido y extrañado no encontraba explicación ni justificación a lo que había hecho, me llamó duramente la atención, estando además preocupado por no poder avisar a mis anfitriones de lo ocurrido ya que no había teléfono, la única forma era trasladarse al cortijo para pedir disculpas por lo ocurrido, era ya de noche cerrada cuando pensaba salir para informales de mi regreso, en el momento que llegaban dos de las hermanas preguntando por mi, extrañadas por mi inesperada ausencia que les inquietó y les preocupó, pues por aquellos años 49 o 50 corría la voz de que existían unos tíos mantequeros que raptaban a los niños; mi hermana un año mas pequeña que yo animada por mis progenitores para afear mi conducta y darme una lección, se ofreció a marchar con ellas y hacerme ver como se debía uno comportar en cada momento. La salida fue alegre nuevamente en dirección a la finca, con la satisfacción de haberme encontrado sano y salvo y acompañadas de un nuevo miembro de la familia, la noche era cerrada y la falta de iluminación permitía observar un cielo estrellado, pudiendo observar con toda claridad la vía láctea la osa mayor y la menor, la estrella polar etc.  En repetidas ocasiones tumbados boca arriba nos entreteníamos con frecuencia, durante esa época estival en mirar la luna con sus sombras y manchas, que nosotros imaginábamos con forma de un leñador cargado con su haz de leña, interpretación trasmitida por nuestros mayores propia de una sociedad rural. La jornada concluyó, nos acostamos yo quizá antes de lo acostumbrado para evitar nuevas reprimendas, cuando a eso de las tres o las cuatro de la mañana, suena la aldaba o llamador de la puerta, baja mi madre para preguntar quien llama y cual sería su sorpresa, al ver que nuevamente eran las dos hermanas y el hermano acompañadas de la mía, que había marchado hacía pocas horas, aparentemente voluntaria a pasar unos días en el mismo lugar que yo acababa de abandonar; al poco tiempo de llegar y echar de menos a mis padres comenzó a llorar, no encontrando consuelo en las palabras que tan cariñosa familia le dirigía, a la vista del precedente decidieron traerla nuevamente a casa sin dilación; la cara de mis padres ante la nueva sorpresa era todo un poema, no encontraban palabras que disculparan el comportamiento de unos niños no acostumbrados a alejarse del hogar paterno; yo por mi parte encontré cierto apoyo cierto argumento a mi favor, pues lo que acababa de ocurrir reforzaba mi conducta aunque no fuera ni correcta ni oportuna. Los tres momentáneos tutores marcharon después de despedirse y quitarle hierro a lo ocurrido; durante varios años después, cada vez que mi padre veía a su amigo, la disculpa era el primer saludo, la amistad continuó pero nunca más se repitió la invitación, porque jamás hubiéramos sido autorizados a pernoctar fuera del hogar a edades tan tempranas, en unos tiempos en el que muchas de las personas vivían y morían en el mismo lugar de su nacimiento, sin haber salido nunca mas allá de los limites del pueblo; época afortunadamente pasada pero no olvidada, que algunos tuvimos la suerte de no sufrir, pero que una inmensa mayoría sufrió con resignación en esos años de  posguerra, en los que la miseria y la pobreza se enseñoreaban sin compasión, en la inmensa mayoría de la sociedad, con más crudeza en las ciudades que en los pequeños núcleos de población rural, donde el cultivo de lo imprescindible, la recogida de espárragos y collejas, la caza con trampas y escopetas les permitía capear aunque solo ligeramente el temporal.
                                                                                     José Cuadros Moreno