APRENDIZ DE CAZADOR
Decía el ilustre granadino Ángel Ganivét: Hoy
todo el mundo se inclina respetuosamente ante la luz eléctrica, y no se
registra ninguna oposición ninguna opinión en contra de las lámparas incandescentes,
¿Qué ha pasado aquí? lo que pasa es que hemos perdido la vergüenza, quiero
decir la timidez. A la primera oleada de luz reparamos en que nuestro estado
exterior no era muy brillante y nos afligimos que nuestras miserias quedaran tan a la vista;
pero pasado el primer bochorno las oleadas sucesivas no nos hacen mella.
El sol también alumbraba, quizá demasiado;
pero el sol no depende de nosotros. Lo que el descubre lo hace sin nuestro
asentimiento. Mientras que la luz que nosotros creamos y pagamos, nos hace
responsables y nos obliga a ver antes que es lo que vamos a alumbrar. Por lo
tanto el criterio que me parece debía regir en esta materia, es el de asearse y
embellecerse en primer termino y elegir después aquel sistema de alumbrado que
dé más luz por menos dinero. Y para no romper del todo con el aceite, creo que
se debía continuar utilizando el velón y el candil en el interior de las casas,
porque han sido en España dos firmes defensores de la vida familiar, que hoy se
va relajando por varias causas, entre las cuales, no es la menor el abuso de la
luz eléctrica. El antiguo hogar no solo estaba formado por la familia, sino
también por el brasero y el velón, que con su calor escaso y su débil luz,
obligaban a las personas a aproximarse y a formar un núcleo común. Poned un
foco eléctrico y una estufa que iluminen y calienten toda una habitación por
igual y habréis dado el primer paso para la disolución de la familia.
A mitad de
camino entre el velón y las modernas iluminaciones pero todavía con el brasero
y la mesa de camilla, sentado junto a mi abuelo y mi tío Paco, bien avanzado el
otoño, recibía las primeras lecciones en el arte o el deporte de la caza, que
consistía en aprender a llenar los cartuchos especiales de zorzales, para una
escopeta del doce que tenía una incrustación redonda de limoncillo en la culata,
y que tenía por nombre lucera; había que tener en cuenta la medida de la
pólvora, la cantidad y calibre de los plomos, materia importante que había de
conocer, para a continuación introducirle los tacos y cerrarlos rebordeando
hacia el interior con una pequeña maquina diseñada a tal efecto.
La primera salida
de acompañante, bien abrigado ya que la hora de caza era al atardecer, casi terminado el otoño, en un pequeño bosque
de álamos y chopos junto al río genil. Define
el diccionario al zorzal como un ave congénere del tordo, que tiene la cabeza
pequeña, el pico delgado, las alas agudas, la cola ancha y redonda, y el
plumaje pardo por encima, rojizo con manchas grises en el pecho y blanco en el
vientre. Había que ser rápido en encarar y disparar pues este pájaro es de una
visión y un oído sobresaliente, que al menor síntoma de peligro no llega a
posarse en la rama cuando ya había levantado nuevamente el vuelo; el corazón me
latía fuertemente al sentir esa especie de silbido que anunciaba su inminente
llegada, en el momento de posarse sonó un disparo certero que le hizo caer justo
a nuestro lado, me levanté de inmediato para recogerlo lleno de emoción, el momento
era inenarrable, el olor de la pólvora unido al de la sangre del pájaro,
acompañado por el murmullo del agua del río y el aroma de las hojas secas, las
mimbres y los tarajes, me hacían sentir a mis once años como principal y único
actor de la más importante hazaña jamás vivida, nuevas llegadas nuevos
disparos, la emoción fue en aumento, hasta que la noche se echó encima y hubo
que dar por terminada tan emocionante salida, concretada en una docena de aves,
que nada más llegar a casa los desplumamos y mi abuela los preparó en unas parrillas
sobre las ascuas; que manjar, mientras los degustábamos había miradas de
complicidad, pues este momento era producto o así lo sentía, de nuestro común
esfuerzo aunque mi trabajo solo había consistido en su traslado.
En mis sueños de aquella noche me enfrenté a
lobos zorros y jabalíes, en todos los lances salí victorioso, orgulloso de
haber podido abatir semejantes fieras, cuando me desperté aun tenía dudas sobre si esta gesta era real o solo
ilusión, todavía no estoy seguro, pues ya había leído como Don Quijote realizó
hazañas inigualables y no eran fruto de encantamientos. La primer clase
practica sobre el terreno se daba por finalizada y me debía de ir preparando
para la segunda, que era la de cazar a la perdiz con reclamo. Ya entrado el
invierno, mas abrigado que la vez anterior ya que la temperatura era bastante
baja, nos dispusimos a salir, yo como siempre de acompañante de mi tío, con esa
jaula especial para este tipo de ave, en forma de obús de artillería, cubierta
con una funda color verde, para evitarle las molestias que el traslado le podía
ocasionar a nuestro pájaro en caso de ir
descubierta. Una vez llegados al puesto, que consistía en un semicírculo hecho
de piedras a media altura, rematado por ramas de camuflaje que dejaban
suficiente hueco para la escopeta y la visión, la jaula, retirada a una
distancia prudencial de nuestra cabaña y en terreno despejado libre de piedras
y matojos; la espera no fue larga, nuestro reclamo comenzó a cantar y la
respuesta no se hizo esperar, apareció un contrincante con ganas de pelea, y
después de dejar el tiempo reglamentario que las normas del buen cazador obligan
a respetar, sonó un disparo y el rival cayó abatido, salí como impulsado por un
resorte a recoger aquel trofeo, que ya no era un relativamente pequeño zorzal,
no, era algo importante algo de una escala superior; volvía tembloroso con
aquel tesoro en mis manos, lleno de colorido y
aun caliente; nuevamente sentado en el mismo sitio, sobre una piedra
bastante mas fría que cuando la abandone pues la tarde iba avanzando y la
temperatura en descenso, los dedos casi no los sentía, los pies doblados y las
manos en los bolsillos tratando de calentarlos lo mas posible, en ese momento
un nuevo canto y un nuevo contrincante, más farruco y más engallado que el
anterior y mi tío sin respetar el tiempo de espera requerido, le pegó un escopetazo
que le hizo rodar por el suelo, nuevo salto y a la talega; así dimos por terminada
mi segunda lección; ya era un poco tarde y el recorrido hasta el pueblo era bastante
largo y sinuoso, aunque llevábamos linternas la precaución no estaba de más. La
entrada triunfal con los trofeos a la
vista, fueron del total agrado de mi abuelo. Una vez sentados alrededor de la
chimenea, comentamos todos los pormenores, la brillantez del comportamiento de
nuestra perdiz, le hizo quedar clasificado como uno de los mejores pájaros de
la zona, elevando bastante alto su precio entre los aficionados.
La tercera clase
que recuerdo, era la del conejo al rececho, habían llegado noticias de que en
una zona del río muy poblada de vegetación, se encontraban abundantes
madrigueras, desde donde al atardecer salían los conejos a beber; entre las
matas y el agua había una especie de playa que permitiría dispararles al salir
de su refugio. Nuevamente en camino esta vez muy cerca, ya que el río en su
recorrido casi baña el pueblo a su paso, nos dirigimos a donde tendríamos que situarnos para gozar de
una amplia visión de la zona de disparo,
cruzamos el río por un vado; despojados de los zapatos y subidos los
pantalones, para situarnos justo enfrente al otro lado del cauce, sentados a la
vista sobre una gran piedra, sin nada que nos tapara pues según los entendidos
si no te mueves los gazapos no distinguen a las personas, olvidaba comentar que
era el mes de agosto y la abundancia de mosquitos en las riberas me estaban
martirizando, ya que al no poder mover ni pies con pantalón corto, ni manos,
las picaduras especialmente en la nariz, no me permitían evitar los mohines que
eran constantes y las llamadas de atención de mi tío para que no me moviera
repetitivas, no sé si la información recibida era errónea, o solo era una de
esas tardes aciagas que algunos cazadores comentan, la verdad es que no vimos
ni siquiera un conejo, pero si llegué a casa con la cara llena de picaduras que
mi madre trato de remediar con crema, esa noche no recuerdo haber soñado nada,
el picor y el escozor apenas me dejaron
conciliar el sueño.
Mi padre viendo
la afición que parecía tener, me compró muna escopeta de aire comprimido, pues debido
a mí corta edad era a lo único que podía aspirar de momento; así es que me
dedique a esa caza menor, que consistía en gorriones especialmente y alguna
tórtola rara vez.
Ya de adulto me
compré un rifle con objeto de acudir a alguna montería, cosa que nunca ocurrió
por diferentes motivos, pero si tuve ocasión de acudir a una cacería de ánsares
en la finca de un amigo en las marismas del Guadalquivir; junto con un familiar
nos levantamos a las cinco de la mañana, era el mes de febrero, llegamos a la
finca completamente de noche pues Isla Menor no esta lejos de Sevilla; la
espesa y densa niebla invadía toda la zona, el capataz que nos esperaba en la
cancela de entrada, nos aconsejo entráramos
en la casa que se encontraba justo al lado, pues los toros bravos cuyos mugidos
se escuchaban muy cerca, hacían temer por nuestra integridad; no tardó mucho en
llegar la persona que nos acompañaría, para indicarnos el lugar donde debíamos
situarnos, no sin antes haber pasado por una de las naves para recoger cuatro ánsares
que servirían de reclamo; ya sin mas demora nos dirigimos al lugar donde
acecharíamos el paso de las numerosas bandas que por los alrededores se
encontraban. El campo estaba totalmente inundado como es preceptivo en el
monocultivo del arroz, solo una franja de dos escasos metros entre parcela y
parcela quedaba libre del liquido elemento, el portador de las aves metidas en
un saco, se introdujo en el agua a cierta distancia de la vereda, y fue fijando
a cada una mediante una estacas clavadas profundamente en el barro, ya que hay
que tener en cuenta que el ánsar suele pesar de seis a ocho kilos incluso más,
y su fuerza es considerable. Mi puesto iluminado con una linterna pues todavía
no había amanecido, era un cubículo de un metro y medio de profundidad, con una
especie de escalón donde nos podríamos sentar, una vez desalojado el agua que
hasta el borde contenía, provisto de una lata de unos cinco litros, comencé a
lanzar fuera con ahínco lata tras lata hasta que conseguí dejar libre de H2O el
agujero, coloque un saco en el asiento y provisto de pantalones, botas de agua
y chaqueta impermeable me introduje no
sin cierta cosilla, de modo y manera que solo sobresalía la cabeza y el rifle. Comenzaba
a amanecer cuando empezamos a oír los tiros de otros cazadores incluso veíamos
como caían algunos de los ánades de las bandas que surcaban el cielo; mientras
tanto observaba como el agua que había sacado se estaba empezando nuevamente a
filtrar, mojándome las pantorrillas debido a la proximidad de las lagunas que
nos rodeaban. El capataz nos tenía advertido que no disparáramos hasta no ver
posarse en el suelo, mejor dicho en el agua a la mayor parte de la banda, que
deberían acudir a la llamada de los reclamos que a tal efecto estaban
colocados; no sé si fue nuestra inexperiencia o nuestra urgencia por abatir
algunos de los que por encima pasaban, que dudando si no llegarían a posarse y
pasarían de largo, comenzamos a disparar a bulto sin lograr abatir ninguno de
los numerosos pájaros, que siguieron su vuelo sin inmutarse, así hasta las dos de
la tarde sin haber cobrado la más mínima pieza; impelido por la desilusión,
apunté a los que teníamos fijos y que no habían logrado atraer a sus
congéneres, pagando los pobres el pato, nunca mejor dicho de nuestro fracaso. Salí
estornudando y tosiendo del agujero, introduje los ánsares en el mismo saco que
habían llegado, dos para cada uno, y que cada cual, difícil tarea, contara en
su casa y a sus amigos el éxito de la caza como mejor pudiera, yo estuve una semana malo con fiebre. Así es
que pasado el tiempo y vistas las nuevas obligaciones administrativas que
poseer dicha arma requerían, decidí y puse en practica, vender el rifle a un armero que me dio la mitad de lo que me
había costado, finalizando así el ejercicio de este deporte que tantos
aficionados tiene en España, que me consta se divierten, pero que yo pude
descubrir en mis propias carnes no era lo mío.
En este relato no pretendo desanimar a nadie
que este interesado en practicarlo y mucho menos a los que ya lo hacen, pues sé
de buena tinta que se divierten, hacen ejercicio al aire libre y mantienen las
reservas cinegéticas españolas, creando riqueza en zonas necesitadas de
ingresos que elevan el nivel de vida de sus pobladores. Con esto doy por terminado este relato deseando a todos
los aficionados, mucho éxito en sus salidas.
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