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domingo, 13 de enero de 2013


                                APRENDIZ DE CAZADOR     

 Decía el ilustre granadino Ángel Ganivét: Hoy todo el mundo se inclina respetuosamente ante la luz eléctrica, y no se registra ninguna oposición ninguna opinión en contra de las lámparas incandescentes, ¿Qué ha pasado aquí? lo que pasa es que hemos perdido la vergüenza, quiero decir la timidez. A la primera oleada de luz reparamos en que nuestro estado exterior no era muy brillante y nos afligimos  que nuestras miserias quedaran tan a la vista; pero pasado el primer bochorno las oleadas sucesivas no nos hacen mella.
 El sol también alumbraba, quizá demasiado; pero el sol no depende de nosotros. Lo que el descubre lo hace sin nuestro asentimiento. Mientras que la luz que nosotros creamos y pagamos, nos hace responsables y nos obliga a ver antes que es lo que vamos a alumbrar. Por lo tanto el criterio que me parece debía regir en esta materia, es el de asearse y embellecerse en primer termino y elegir después aquel sistema de alumbrado que dé más luz por menos dinero. Y para no romper del todo con el aceite, creo que se debía continuar utilizando el velón y el candil en el interior de las casas, porque han sido en España dos firmes defensores de la vida familiar, que hoy se va relajando por varias causas, entre las cuales, no es la menor el abuso de la luz eléctrica. El antiguo hogar no solo estaba formado por la familia, sino también por el brasero y el velón, que con su calor escaso y su débil luz, obligaban a las personas a aproximarse y a formar un núcleo común. Poned un foco eléctrico y una estufa que iluminen y calienten toda una habitación por igual y habréis dado el primer paso para la disolución de la familia.
A mitad de camino entre el velón y las modernas iluminaciones pero todavía con el brasero y la mesa de camilla, sentado junto a mi abuelo y mi tío Paco, bien avanzado el otoño, recibía las primeras lecciones en el arte o el deporte de la caza, que consistía en aprender a llenar los cartuchos especiales de zorzales, para una escopeta del doce que tenía una incrustación redonda de limoncillo en la culata, y que tenía por nombre lucera;   había que tener en cuenta la medida de la pólvora, la cantidad y calibre de los plomos, materia importante que había de conocer, para a continuación introducirle los tacos y cerrarlos rebordeando hacia el interior con una pequeña maquina diseñada a tal efecto.
La primera salida de acompañante, bien abrigado ya que la hora de caza era al atardecer,  casi terminado el otoño, en un pequeño bosque de álamos y chopos junto al río genil.  Define el diccionario al zorzal como un ave  congénere del tordo, que tiene la cabeza pequeña, el pico delgado, las alas agudas, la cola ancha y redonda, y el plumaje pardo por encima, rojizo con manchas grises en el pecho y blanco en el vientre. Había que ser rápido en encarar y disparar pues este pájaro es de una visión y un oído sobresaliente, que al menor síntoma de peligro no llega a posarse en la rama cuando ya había levantado nuevamente el vuelo; el corazón me latía fuertemente al sentir esa especie de silbido que anunciaba su inminente llegada, en el momento de posarse sonó un disparo certero que le hizo caer justo a nuestro lado, me levanté de inmediato para recogerlo lleno de emoción, el momento era inenarrable, el olor de la pólvora unido al de la sangre del pájaro, acompañado por el murmullo del agua del río y el aroma de las hojas secas, las mimbres y los tarajes, me hacían sentir a mis once años como principal y único actor de la más importante hazaña jamás vivida, nuevas llegadas nuevos disparos, la emoción fue en aumento, hasta que la noche se echó encima y hubo que dar por terminada tan emocionante salida, concretada en una docena de aves, que nada más llegar a casa los desplumamos y mi abuela los preparó en unas parrillas sobre las ascuas; que manjar, mientras los degustábamos había miradas de complicidad, pues este momento era producto o así lo sentía, de nuestro común esfuerzo aunque mi trabajo solo había consistido en su traslado.
 En mis sueños de aquella noche me enfrenté a lobos zorros y jabalíes, en todos los lances salí victorioso, orgulloso de haber podido abatir semejantes fieras, cuando me desperté aun tenía  dudas sobre si esta gesta era real o solo ilusión, todavía no estoy seguro, pues ya había leído como Don Quijote realizó hazañas inigualables y no eran fruto de encantamientos. La primer clase practica sobre el terreno se daba por finalizada y me debía de ir preparando para la segunda, que era la de cazar a la perdiz con reclamo. Ya entrado el invierno, mas abrigado que la vez anterior ya que la temperatura era bastante baja, nos dispusimos a salir, yo como siempre de acompañante de mi tío, con esa jaula especial para este tipo de ave, en forma de obús de artillería, cubierta con una funda color verde, para evitarle las molestias que el traslado le podía ocasionar  a nuestro pájaro en caso de ir descubierta. Una vez llegados al puesto, que consistía en un semicírculo hecho de piedras a media altura, rematado por ramas de camuflaje que dejaban suficiente hueco para la escopeta y la visión, la jaula, retirada a una distancia prudencial de nuestra cabaña y en terreno despejado libre de piedras y matojos; la espera no fue larga, nuestro reclamo comenzó a cantar y la respuesta no se hizo esperar, apareció un contrincante con ganas de pelea, y después de dejar el tiempo reglamentario que las normas del buen cazador obligan a respetar, sonó un disparo y el rival cayó abatido, salí como impulsado por un resorte a recoger aquel trofeo, que ya no era un relativamente pequeño zorzal, no, era algo importante algo de una escala superior; volvía tembloroso con aquel tesoro en mis manos, lleno de colorido y  aun caliente; nuevamente sentado en el mismo sitio, sobre una piedra bastante mas fría que cuando la abandone pues la tarde iba avanzando y la temperatura en descenso, los dedos casi no los sentía, los pies doblados y las manos en los bolsillos tratando de calentarlos lo mas posible, en ese momento un nuevo canto y un nuevo contrincante, más farruco y más engallado que el anterior y mi tío sin respetar el tiempo de espera requerido, le pegó un escopetazo que le hizo rodar por el suelo, nuevo salto y a la talega; así dimos por terminada mi segunda lección; ya era un poco tarde y el recorrido hasta el pueblo era bastante largo y sinuoso, aunque llevábamos linternas la precaución no estaba de más. La entrada  triunfal con los trofeos a la vista, fueron del total agrado de mi abuelo. Una vez sentados alrededor de la chimenea, comentamos todos los pormenores, la brillantez del comportamiento de nuestra perdiz, le hizo quedar clasificado como uno de los mejores pájaros de la zona, elevando bastante alto su precio entre los aficionados.
La tercera clase que recuerdo, era la del conejo al rececho, habían llegado noticias de que en una zona del río muy poblada de vegetación, se encontraban abundantes madrigueras, desde donde al atardecer salían los conejos a beber; entre las matas y el agua había una especie de playa que permitiría dispararles al salir de su refugio. Nuevamente en camino esta vez muy cerca, ya que el río en su recorrido casi baña el pueblo a su paso, nos dirigimos  a donde tendríamos que situarnos para gozar de una amplia visión  de la zona de disparo, cruzamos el río por un vado; despojados de los zapatos y subidos los pantalones, para situarnos justo enfrente al otro lado del cauce, sentados a la vista sobre una gran piedra, sin nada que nos tapara pues según los entendidos si no te mueves los gazapos no distinguen a las personas, olvidaba comentar que era el mes de agosto y la abundancia de mosquitos en las riberas me estaban martirizando, ya que al no poder mover ni pies con pantalón corto, ni manos, las picaduras especialmente en la nariz, no me permitían evitar los mohines que eran constantes y las llamadas de atención de mi tío para que no me moviera repetitivas, no sé si la información recibida era errónea, o solo era una de esas tardes aciagas que algunos cazadores comentan, la verdad es que no vimos ni siquiera un conejo, pero si llegué a casa con la cara llena de picaduras que mi madre trato de remediar con crema, esa noche no recuerdo haber soñado nada, el picor y  el escozor apenas me dejaron conciliar el sueño.
Mi padre viendo la afición que parecía tener, me compró muna escopeta de aire comprimido, pues debido a mí corta edad era a lo único que podía aspirar de momento; así es que me dedique a esa caza menor, que consistía en gorriones especialmente y alguna tórtola rara vez.
Ya de adulto me compré un rifle con objeto de acudir a alguna montería, cosa que nunca ocurrió por diferentes motivos, pero si tuve ocasión de acudir a una cacería de ánsares en la finca de un amigo en las marismas del Guadalquivir; junto con un familiar nos levantamos a las cinco de la mañana, era el mes de febrero, llegamos a la finca completamente de noche pues Isla Menor no esta lejos de Sevilla; la espesa y densa niebla invadía toda la zona, el capataz que nos esperaba en la cancela de entrada, nos  aconsejo entráramos en la casa que se encontraba justo al lado, pues los toros bravos cuyos mugidos se escuchaban muy cerca, hacían temer por nuestra integridad; no tardó mucho en llegar la persona que nos acompañaría, para indicarnos el lugar donde debíamos situarnos, no sin antes haber pasado por una de las naves para recoger cuatro ánsares que servirían de reclamo; ya sin mas demora nos dirigimos al lugar donde acecharíamos el paso de las numerosas bandas que por los alrededores se encontraban. El campo estaba totalmente inundado como es preceptivo en el monocultivo del arroz, solo una franja de dos escasos metros entre parcela y parcela quedaba libre del liquido elemento, el portador de las aves metidas en un saco, se introdujo en el agua a cierta distancia de la vereda, y fue fijando a cada una mediante una estacas clavadas profundamente en el barro, ya que hay que tener en cuenta que el ánsar suele pesar de seis a ocho kilos incluso más, y su fuerza es considerable. Mi puesto iluminado con una linterna pues todavía no había amanecido, era un cubículo de un metro y medio de profundidad, con una especie de escalón donde nos podríamos sentar, una vez desalojado el agua que hasta el borde contenía, provisto de una lata de unos cinco litros, comencé a lanzar fuera con ahínco lata tras lata hasta que conseguí dejar libre de H2O el agujero, coloque un saco en el asiento y provisto de pantalones, botas de agua y  chaqueta impermeable me introduje no sin cierta cosilla, de modo y manera que solo sobresalía la cabeza y el rifle. Comenzaba a amanecer cuando empezamos a oír los tiros de otros cazadores incluso veíamos como caían algunos de los ánades de las bandas que surcaban el cielo; mientras tanto observaba como el agua que había sacado se estaba empezando nuevamente a filtrar, mojándome las pantorrillas debido a la proximidad de las lagunas que nos rodeaban. El capataz nos tenía advertido que no disparáramos hasta no ver posarse en el suelo, mejor dicho en el agua a la mayor parte de la banda, que deberían acudir a la llamada de los reclamos que a tal efecto estaban colocados; no sé si fue nuestra inexperiencia o nuestra urgencia por abatir algunos de los que por encima pasaban, que dudando si no llegarían a posarse y pasarían de largo, comenzamos a disparar a bulto sin lograr abatir ninguno de los numerosos pájaros, que siguieron su vuelo sin inmutarse, así hasta las dos de la tarde sin haber cobrado la más mínima pieza; impelido por la desilusión, apunté a los que teníamos fijos y que no habían logrado atraer a sus congéneres, pagando los pobres el pato, nunca mejor dicho de nuestro fracaso. Salí estornudando y tosiendo del agujero, introduje los ánsares en el mismo saco que habían llegado, dos para cada uno, y que cada cual, difícil tarea, contara en su casa y a sus amigos el éxito de la caza como mejor pudiera,  yo estuve una semana malo con fiebre. Así es que pasado el tiempo y vistas las nuevas obligaciones administrativas que poseer dicha arma requerían, decidí y  puse en practica, vender el rifle  a un armero que me dio la mitad de lo que me había costado, finalizando así el ejercicio de este deporte que tantos aficionados tiene en España, que me consta se divierten, pero que yo pude descubrir en mis propias carnes no era lo mío.
 En este relato no pretendo desanimar a nadie que este interesado en practicarlo y mucho menos a los que ya lo hacen, pues sé de buena tinta que se divierten, hacen ejercicio al aire libre y mantienen las reservas cinegéticas españolas, creando riqueza en zonas necesitadas de ingresos que elevan el nivel de vida de sus pobladores. Con esto  doy por terminado este relato deseando a todos los aficionados, mucho éxito en sus salidas.
                                                     José Cuadros Moreno

                     

                              

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