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sábado, 12 de enero de 2013


                    OBSERVACIONES Y RECUERDOS DE MI PUEBLO

               



Sobre un suelo inclinado y empedrado, mal calzado y peor vestido las manos en los bolsillos, aterido y encogido por el frío reinante a horas tan tempranas, y a la espera de ser contratado por algunos de los dueños de las tierras que por allí debían pasar camino de la vega; aguardaba paciente poder recibir durante este tiempo ,los escasos rayos de sol que trémulos a intervalos cada vez mas largos penetraban por entre las nubes y que por su brevedad no le permitían calentar el cuerpo, pues el desayuno se había limitado a una taza de agua caliente con malta triturada (cebada o achicoria ) y posiblemente sin azúcar. Si tenia la suerte de ser llamado a trabajar, se encaminaba a su lugar de trabajo con el azadón colgado sobre el hombro, su caminar pausado y encorvado la capacha en bandolera hecha de esparto majado, solo contenía un trozo de tocino que con suerte podía ser entreverado es decir podía tener un poco de carne intercalada a modo de bandera bicolor, sobre todo si era de la papada del cerdo, un trozo de pan, una navaja sin muelle con hoja afilada sobre una piedra que se embutía en un tosco mango de madera. La mujer había quedado en casa comenzando su jornada laboral por echar la pava; es decir: poner unos cuantos palos en la chimenea si la tenia, colocar debajo unos cuantos pabilos para encenderla, ya que servían como antorcha una  vez despojadas las mazorcas de las hojas y los granos de maíz que los recubrían, después se tapaba todo con paja prensada y ya estaba lista para encender; el proceso no era corto, pero esto permitía descubrir con la rasera al atardecer las ascuas que en su interior contenía, la familia se sentaba de forma semicircular lo mas próximo al fuego dependiendo del numero de miembros para recibir los reconfortantes y caloríficos efluvios que desprendía. De la misma mazorca o panocha se extraía la cubierta vegetal que las envolvía para secarlas al sol pues con ellas una vez secas, se llenaban los colchones o jergones sobre los cuales dormían, y que en ocasiones permitían a los mas próximos vecinos oír los escarceos amorosos de la pareja, ya que los ruidos del relleno unido al de la colchoneta de muelles, componían una sinfonía sincronizada a veces discordante y estridente, que no les dejaba conciliar el sueño; a la mañana siguiente el marido era advertido de manera reservada y considerada sobre la conveniencia de mitigar en lo posible, que no impedir dichos afectos matrimoniales, cosa que  por otra parte nunca se hubiera podido conseguir, ya que era lo único que tenia  que nadie le podía  privar. Me estoy trasladando a los primeros años de la década de los cincuenta pues hasta  mil novecientos cincuenta y cinco, no se consiguió alcanzar el estado de miseria que campaba por sus respetos en mil novecientos treinta y cinco; veinte años de absoluta penuria que algunos tuvimos la suerte de no padecer, pero que si padecieron la inmensa mayoría de los españoles. La esplendorosa primavera granadina permitía recoger espárragos y collejas, poner trampas para cazar pájaros, que servían como ayuda de emergencia a la escasa dieta de vitaminas y proteínas, pues el único alimento básico consistía para los afortunados en productos derivados del cerdo con alto contenido en grasas. Durante el mes de enero se efectuaban las matanzas, en las casas que habían  tenido la oportunidad de criar cochinos o marranos dos palabras que no hacen justicia a este pobre animal que tanta hambre han  quitado ; los niños nos divertíamos inflando las vejigas para utilizarlas como globos o pelotas con un canuto de caña, tan bien  ayudábamos a pelarlos después de rociados con agua caliente para facilitar la labor, con unas cuchillas de afeitar incrustadas en un palo para evitar cortes imprevistos; mas tarde una vez llenadas las morcillas y puesta a cocer, vigilábamos  aguja en mano el proceso de cocción pues en cuanto flotaba alguna debido a que contenía aire en su interior le propinábamos una certera estocada en él globo que aparecía, para evitar que reventara a causa de la bolsa que presionaba sobre la tripa, cada pinchazo iba acompañado de un olé torero cuando se acertaba a la primera, cayendo herido de muerte hacia el fondo de la caldera de cobre tan preciado embutido; por otra parte plato estrella en mi colegio del Ave María presentado de forma abundante en fuentes de loza todavía humeantes. En la época de la siega los trabajadores provistos de una especie de guantes protectores de las manos que sin embargo dejaban libres los dedos para segar el trigo con una hoz, con mango de madera, un sombrero o papalina y un pañuelo debajo que les protegía la piel de los efectos solares, enseñanza trasmitida de los mayores pues por entonces no había dermatólogos que les pudieran informar de los perjuicios de los rayos ultravioletas. Una vez efectuadas las faenas de trilla con mulos o caballos, dirigidos desde las trillas, que nos permitían a los niños, pasearnos y divertirnos en este vehiculo de cuchillas en lugar de ruedas, en un circuito de forma circular, que nos hacían sentir como los conductores de cuadrigas en los circos romanos. El aventado del grano se realizaba cundo el viento era de levante y con la fuerza suficiente para permitir dicha faena; una vez separado el grano  y envasado, llegaban los pajeros de Rute (Córdoba) quince o veinte jóvenes al mando de un capataz , para trasladar la paja desde las eras hasta los pajares de los propietarios; estos trabajadores extendían en el suelo unas grandes lonas de tela blanca, sobre la cual echaban gran cantidad de ella que una vez completada la carga, ataban los cuatro extremos de forma cruzada, para alzarla sobre la cabeza con la ayuda de un compañero; el precio del traslado se calculaba en función de la distancia a recorrer; caminaban ligeros y oscilantes debido al peso que soportaban en forma de globo hinchado sujetándolo con ambas manos de manera alternativa para evitar su caída , pues su tamaño era bastante considerable. Cuando ocurría algún incendio de forma casual en un pajar, como estaban situados en las propias casas, el peligro de extenderse era grande, así es que avisado el sacristán, las campanas comenzaban a repicar para avisar a todo el pueblo, que inmediatamente acudía para formar una cadena de cubos de agua, desde el pozo mas cercano hasta el lugar del siniestro, ya que no había ni agua corriente en las casas ni bomberos a los que avisar, el mayor éxito suponía conseguir que el fuego no pasara al edificio aunque lo demás no se pudiera salvar, la solidaridad funcionaba pues el parentesco entre sus habitantes permitía acometer actos de buena vecindad, que redundaban en beneficio de toda la comunidad en momentos que se necesitaba la colaboración de todos los vecinos  en su conjunto. Las relaciones entre todos eran buenas, con algún  caso  puntual de falta de entendimiento que confirmaban la regla, ya que todos aceptaban de manera  forzada o voluntaria su lugar en la escala social a la que pertenecía. .  Estos acontecimientos observados a temprana edad, han sido las primeras lecciones practicas que la vida enseña a quien observa y toma nota para el futuro de lo que ocurre a su alrededor como incipiente alumno, cargado de interés por aprender y digerir las lecciones practicas que en este largo caminar recibe a cada paso, día a día mes a mes año tras año hasta el momento de nuestro viaje sin retorno, sin equipaje, procurando dejar a los que quedan atrás el mejor de los recuerdos, sus inquietudes y sus buenos deseos para todos, acompañados como sazón de un beso  una sonrisa y el mas fuerte de sus abrazos.
José Cuadros Moreno



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