OBSERVACIONES Y RECUERDOS
DE MI PUEBLO
Sobre un suelo inclinado y empedrado,
mal calzado y peor vestido las manos en los bolsillos, aterido y encogido por
el frío reinante a horas tan tempranas, y a la espera de ser contratado por algunos
de los dueños de las tierras que por allí debían pasar camino de la vega;
aguardaba paciente poder recibir durante este tiempo ,los escasos rayos de sol
que trémulos a intervalos cada vez mas largos penetraban por entre las nubes y
que por su brevedad no le permitían calentar el cuerpo, pues el desayuno se
había limitado a una taza de agua caliente con malta triturada (cebada o
achicoria ) y posiblemente sin azúcar. Si tenia la suerte de ser llamado a
trabajar, se encaminaba a su lugar de trabajo con el azadón colgado sobre el
hombro, su caminar pausado y encorvado la capacha en bandolera hecha de esparto
majado, solo contenía un trozo de tocino que con suerte podía ser entreverado
es decir podía tener un poco de carne intercalada a modo de bandera bicolor,
sobre todo si era de la papada del cerdo, un trozo de pan, una navaja sin
muelle con hoja afilada sobre una piedra que se embutía en un tosco mango de
madera. La mujer había quedado en casa comenzando su jornada laboral por echar
la pava; es decir: poner unos cuantos palos en la chimenea si la tenia, colocar
debajo unos cuantos pabilos para encenderla, ya que servían como antorcha una vez despojadas las mazorcas de las hojas y los
granos de maíz que los recubrían, después se tapaba todo con paja prensada y ya
estaba lista para encender; el proceso no era corto, pero esto permitía
descubrir con la rasera al atardecer las ascuas que en su interior contenía, la
familia se sentaba de forma semicircular lo mas próximo al fuego dependiendo
del numero de miembros para recibir los reconfortantes y caloríficos efluvios
que desprendía. De la misma mazorca o panocha se extraía la cubierta vegetal
que las envolvía para secarlas al sol pues con ellas una vez secas, se llenaban
los colchones o jergones sobre los cuales dormían, y que en ocasiones permitían
a los mas próximos vecinos oír los escarceos amorosos de la pareja, ya que los
ruidos del relleno unido al de la colchoneta de muelles, componían una sinfonía
sincronizada a veces discordante y estridente, que no les dejaba conciliar el
sueño; a la mañana siguiente el marido era advertido de manera reservada y
considerada sobre la conveniencia de mitigar en lo posible, que no impedir
dichos afectos matrimoniales, cosa que por
otra parte nunca se hubiera podido conseguir, ya que era lo único que
tenia que nadie le podía privar. Me estoy trasladando a los primeros
años de la década de los cincuenta pues hasta
mil novecientos cincuenta y cinco, no se consiguió alcanzar el estado de
miseria que campaba por sus respetos en mil novecientos treinta y cinco; veinte
años de absoluta penuria que algunos tuvimos la suerte de no padecer, pero que
si padecieron la inmensa mayoría de los españoles. La esplendorosa primavera
granadina permitía recoger espárragos y collejas, poner trampas para cazar pájaros,
que servían como ayuda de emergencia a la escasa dieta de vitaminas y
proteínas, pues el único alimento básico consistía para los afortunados en
productos derivados del cerdo con alto contenido en grasas. Durante el mes de
enero se efectuaban las matanzas, en las casas que habían tenido la oportunidad de criar cochinos o
marranos dos palabras que no hacen justicia a este pobre animal que tanta
hambre han quitado ; los niños nos
divertíamos inflando las vejigas para utilizarlas como globos o pelotas con un
canuto de caña, tan bien ayudábamos a
pelarlos después de rociados con agua caliente para facilitar la labor, con
unas cuchillas de afeitar incrustadas en un palo para evitar cortes
imprevistos; mas tarde una vez llenadas las morcillas y puesta a cocer, vigilábamos
aguja en mano el proceso de cocción pues
en cuanto flotaba alguna debido a que contenía aire en su interior le
propinábamos una certera estocada en él globo que aparecía, para evitar que
reventara a causa de la bolsa que presionaba sobre la tripa, cada pinchazo iba
acompañado de un olé torero cuando se acertaba a la primera, cayendo herido de
muerte hacia el fondo de la caldera de cobre tan preciado embutido; por otra
parte plato estrella en mi colegio del Ave María presentado de forma abundante
en fuentes de loza todavía humeantes. En la época de la siega los trabajadores
provistos de una especie de guantes protectores de las manos que sin embargo
dejaban libres los dedos para segar el trigo con una hoz, con mango de madera, un
sombrero o papalina y un pañuelo debajo que les protegía la piel de los efectos
solares, enseñanza trasmitida de los mayores pues por entonces no había
dermatólogos que les pudieran informar de los perjuicios de los rayos
ultravioletas. Una vez efectuadas las faenas de trilla con mulos o caballos,
dirigidos desde las trillas, que nos permitían a los niños, pasearnos y
divertirnos en este vehiculo de cuchillas en lugar de ruedas, en un circuito de
forma circular, que nos hacían sentir como los conductores de cuadrigas en los
circos romanos. El aventado del grano se realizaba cundo el viento era de
levante y con la fuerza suficiente para permitir dicha faena; una vez separado
el grano y envasado, llegaban los
pajeros de Rute (Córdoba) quince o veinte jóvenes al mando de un capataz , para
trasladar la paja desde las eras hasta los pajares de los propietarios; estos
trabajadores extendían en el suelo unas grandes lonas de tela blanca, sobre la
cual echaban gran cantidad de ella que una vez completada la carga, ataban los
cuatro extremos de forma cruzada, para alzarla sobre la cabeza con la ayuda de
un compañero; el precio del traslado se calculaba en función de la distancia a
recorrer; caminaban ligeros y oscilantes debido al peso que soportaban en forma
de globo hinchado sujetándolo con ambas manos de manera alternativa para evitar
su caída , pues su tamaño era bastante considerable. Cuando ocurría algún
incendio de forma casual en un pajar, como estaban situados en las propias
casas, el peligro de extenderse era grande, así es que avisado el sacristán,
las campanas comenzaban a repicar para avisar a todo el pueblo, que
inmediatamente acudía para formar una cadena de cubos de agua, desde el pozo
mas cercano hasta el lugar del siniestro, ya que no había ni agua corriente en
las casas ni bomberos a los que avisar, el mayor éxito suponía conseguir que el
fuego no pasara al edificio aunque lo demás no se pudiera salvar, la
solidaridad funcionaba pues el parentesco entre sus habitantes permitía
acometer actos de buena vecindad, que redundaban en beneficio de toda la
comunidad en momentos que se necesitaba la colaboración de todos los
vecinos en su conjunto. Las relaciones
entre todos eran buenas, con algún caso puntual de falta de entendimiento que confirmaban
la regla, ya que todos aceptaban de manera
forzada o voluntaria su lugar en la escala social a la que pertenecía. . Estos acontecimientos observados a temprana
edad, han sido las primeras lecciones practicas que la vida enseña a quien
observa y toma nota para el futuro de lo que ocurre a su alrededor como
incipiente alumno, cargado de interés por aprender y digerir las lecciones
practicas que en este largo caminar recibe a cada paso, día a día mes a mes año
tras año hasta el momento de nuestro viaje sin retorno, sin equipaje,
procurando dejar a los que quedan atrás el mejor de los recuerdos, sus
inquietudes y sus buenos deseos para todos, acompañados como sazón de un beso una sonrisa y el mas fuerte de sus abrazos.

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