ESPECIAL
NAVIDAD
Hoy día quince de diciembre de 2011 he sido
testigo privilegiado, de una de las más impresionantes formas de abrir la
puerta a la Navidad ,
una puerta sin cerraduras, una puerta con clavos de oro, una puerta de caoba,
una puerta que solo abre y nunca cierra, una puerta de pena y tristeza, una
puerta de ilusión y esperanza, una puerta, una puerta por Dios una puerta.
Una puerta ubicada en el aula de la Unidad de Oncología
Pediátrica del hospital Infantil Virgen del Rocío de Sevilla. Es una mañana de
niebla algo fría, apenas se veía con claridad a través de las ventanas el
paisaje del entorno, en las habitaciones había un especial ajetreo, a los niños
y niñas se les iba preparando para asistir, a una pequeña fiesta anunciada de
antemano; por los pasillos se comienzan a ver sombreros mexicanos de ancha ala
y múltiples bordados, pantalones con adornos
de plata, chaquetillas cortas igualmente adornadas, todos de color
negro, blusas de un blanco inmaculado y botas de alto tacón; también, vestidos,
uno rojo de amplio vuelo, que al abrirlo, hacían recordar, el ave mítica de los
Aztecas, el quetzal, con cuyas plumas hacían aquellos tapices que cuentan los
historiadores, obsequiaba el rey Moctezúma a Hernán Cortes a modo de
bienvenida, otro blanco marfil de clásico corte ranchero, lucido por una señora
de rasgos mezcla de azteca y español, elegante en los gestos y educados
modales, que parecía ejercer como portavoz del conjunto de los mariachis, pues
de eso se trataba, formado por seis hombres y dos mujeres.
La primera actuación, fue anunciada con esa
melodiosa cadencia al hablar propia de ese país, como una pieza típica del
folclore mexicano llamado jarabe tapatío, que lo ejecutaba una pareja de
jóvenes esbeltos y elegantes, moviéndose a ritmo ágil y airoso al compás de la
música característica de esa querida y añorada tierra. Después todo el conjunto
cantó esa canción famosa a modo de saludo “estas son las mañanitas”. El aula
estaba abarrotada, los niños y niñas situados en semicírculo, de entre unos pocos
meses y diez años, con sus caritas blancas y pálidas por efecto de la
quimioterapia, unos con expresión de asombro otros inexpresivos, ya que
carecían de la fuerza necesaria para expresarlos, con la mirada fija, como
ausentes, alguno con síndrome de down.
En el
momento cumbre de la actuación, abriéndose paso entre los múltiples asistentes,
como el paralítico que narra el evangelio para ver a Jesús, apareció una cama
llevada por enfermeras, en la que iba una niña color caoba de diez años ojos
grandes, labios abultados y rosados, se llamaba Maria José como pude comprobar
al final, de Guinea Ecuatorial, su mirada entre sorprendida y desubicada,
completaban aquel cuadro, increíble por su calidad humana, formando una piña,
buscando de una manera natural e inconciente la forma de defenderse de la
situación que padecían. Se palpaban todos los sentimientos de las madres
sujetando con ahínco las perchas sobre ruedas de las que pendían los sueros los medicamentos y las bombas a las cuales estaban conectados, todas
agarradas a la vida con esperanza , tratando de contagiar a sus hijos, de
darles apoyo y fuerzas para resistir ¿ cuantos alcanzaran la meta?.
La música seguía al compás de un corrido
mexicano, cuando uno de los oncólogos E. Q. y la maestra acompañaron este baile
de una manera rítmica y vistosa, al terminar, la ovación fue unánime no solo
por la ejecución, sino mas bien por la predisposición a colaborar, ¡que
momentos! que muda plegaria!, con que fuerza nos aferramos a la vida mientras
esa escasa fuerza no nos abandone. Después, mas canciones de villancicos
conocidos, acompañados y coreados por todos los asistente al son de las
guitarras. Al final, dos de los mariachis, portando una enorme cucaña en forma
de estrella de mar y forrada de papeles de colores, sujetadas por unas cuerdas
y a la altura de los peques, iba pasando de uno en uno para que con un palo
trataran de romperla, los que no podían eran ayudados por sus madres, fue
emocionante ver con que animo con que fuerza lo hacia la niña de guinea, hasta
que en uno de los muchos golpes recibidos, el maná que contenía cayó
desparramado por el suelo, todos y todas acudieron a recoger las golosinas para
después ponerlas sobre las piernas de
cada uno de los hijos, que esperaban con ilusión, estos regalos aunque en
muchos de los casos no pudieran degustarlos.
En este bunker de la vida, se aprecia se
palpa la grandeza del cariño del apoyo, a estas personas en ciernes, que
necesitan tanto los cuidados del cuerpo como los del alma, cada uno de ellos
único exclusivo e irrepetible. ! Por Dios no los abandones!
JOSE CUADROS MORENO
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