A ORILLAS DEL GENIL
Tumbado
sobre el limo de la rivera del Genil, cubierto por ramas de chopos, mimbres y
tarajes, con una espada en la mano derecha y una pistola en la mano izquierda,
hechas de madera de chopo, con un hacha mellada y oxidada en el patio de mi
casa, justo detrás del pozo, la respiración contenida y el ritmo cardíaco
acelerado por temor de ser descubierto por el enemigo, de una edad similar a la
del agazapado y conectado con otro de su mismo bando a través de un teléfono,
hecho con dos latas de melocotón en almíbar vacías y una guita como hilo
conductor, que pasaba por un agujero hecho en el centro de la única tapa que
tenía, ya que la otra, una vez quitada, servía de auricular. Las llamadas se
realizaban tensando y pulsando la cuerda, hasta que recibíamos respuesta de
nuestro interlocutor que ponía en práctica el mismo y complicado procedimiento;
esta comunicación sólo se veía interrumpida cuando la cuerda se enganchaba en
alguna rama de tantas como había a lo largo del trayecto, poniendo en serio peligro al que debía efectuar la
reparación, ya que teníamos que despojarnos de nuestro forestal camuflaje para
ir a solucionar tan inoportuna avería, pudiendo ser sorprendido; aquella
jornada sufrimos tres heridos sin importancia, cuatro sables rotos por los
mandobles del contrario, que fueron rápidamente sustituidos por otros nuevos ya
que la madera de chopo abundaba a ambos lados del río ( nuestro entrañable y
querido río ) poblado de una intensa vegetación y visitado por incontables aves
de todas las especies, que nos hacían disfrutar de sus alegres trinos, siendo
reconocidos sobre la marcha los pájaros que los emitían, ya que éramos expertos
en canto y en colorido, desde oropéndolas a ruiseñores, pasando por jilgueros y
verdones, tórtolas, zorzales, cogujadas, gorriones, etc. , etc. En otras
ocasiones, provistos de escopetas de dos cañones que funcionaban con míxtos de
correílla en los percutores, nos arrastrábamos por las eras escondidos detrás
de las trillas, para disparar a las bandas de zurriagas ( en otros lugares las
llaman alondras ) que al primer disparo, levantaban el vuelo sin haber sufrido
ninguna baja, solo por el ruido del conato de explosión al disparar los dos
cañones a la vez, aunque nosotros estábamos seguros de haber acertado con el
escopetazo de nuestras mortíferas armas.
Otro
de los quehaceres que también ejercimos fué el de monaguillo, todavía me veo
vistiendo la sotana que, colgada detrás de la puerta de la sacristía, debíamos
ponernos. Una vez comenzada la misa, yo me colocaba en el lado derecho del
altar, pues el que se situaba ahí, sólo debía trasladar el misal al otro lado,
dejando lo de las vinajeras al compañero, pues lo consideraba más complicado;
hay que hacer constar que durante este breve recorrido se producía una furtiva
mirada a alguna de las niñas que a tal efecto se colocaban en las primeras
filas de los bancos y que con anterioridad habíamos estado por el campo,
recogiendo gayumbas en grandes ramos de flor amarilla y aroma penetrante, que
colocábamos sobre el altar en el mes de Mayo.
Casi
a diario mi padre me mandaba cambiar el sifón vacío por otro lleno a la bodega,
debido a que al escanciar el líquido en el vaso, no se calculaba bien la
presión sobre el mando, derramando sobre el hule la mitad del contenido.
Durante
los meses de verano, estábamos obligados a dormir la siesta, pero como no
teníamos sueño, pasábamos el tiempo viendo una película, que consistía en
observar en la pared de frente las sombras que penetraban por las rendijas de
la persiana, cada vez que por la acera pasaba alguien; a la vez tratábamos de
investigar quién era el autor de la escena, teniendo en cuenta el ruido de la
pisada, si eran zapatos o alpargatas, la velocidad de la marcha paso corto o
paso largo y la dirección ,hacia arriba o hacia abajo. Casi a la misma hora
todos los días oíamos el mismo pregón ¡¡HARINA CEBÁ TOSTÁ PÁ REFRÉSCO!! el
ladrido de un perro al pregonero, una puerta que se abre para comprarle y el
ruido de la misma al cerrarla, nuevos pregones nuevos ladridos cada vez más atenuados
hasta convertirse en un eco lejano apenas perceptible¡¡harina cebá tostá pá
refrescooooooooo!!
También
debía ir por leche en bicicleta a un cortijo no muy distante, con una botella
de cristal de aquellas que se cerraban con un mecanismo de alambre y tapón de
porcelana con una arandela de goma que ajustaba sobre el cuello del recipiente.
A partir del mes de Junio, ya en tiempo de vacaciones, comenzaban los largos
baños de mañana y tarde en nuestro querido río, portador de unas limpias,
claras y frescas aguas prácticamente transparentes, procedentes del deshielo de
Sierra Nevada, que nos permitía beber en el mismo sitio que nos bañábamos y de
camino capturar algunos cangrejos que, como tienen costumbre de andar hacia
atrás, debíamos ponerlos mirando hacia el agua para que se alejaran, sobre todo
en el río Cacín que, justo en ese lugar, desemboca en el Genil.
En
fín, teníamos poco tiempo libre para hacer otra cosa que no fuera disfrutar de
la naturaleza fortaleciendo nuestros cuerpos y nuestro espíritu lleno, por entonces, de sueños y fantasías
inenarrables.
Cerrábamos
la jornada con una nueva guerra incruenta, pues nuestros cañones eran canutos
hechos de caña y los obuses huesos de almencinas recolectadas a propósito para
lanzarlas. Los ejércitos se formaban sobre la marcha, según el número de
participantes, aunque nunca pasaba de la decena. También teníamos hondas hechas
con juncos para lanzar piedras. Arcos y flechas hechos de sauces y carrizos,
todo este armamento era el equipo individual de cada una de los contendientes.
Todos
los años, durante el mes de Septiembre, el mes de la recolección de las
granadas, nos despertábamos con los ojos pegados que nuestras madres nos
lavaban con infusión de manzanilla, es decir, teníamos conjuntivitis. En los
primeros días del mes de Noviembre, el mes de los santos, nos divertíamos
ahuecando melones y calabazas para poner una vela dentro, que iluminaba los
orificios de los ojos la nariz y la boca perforados en la corteza. Nadar montar
en bicicleta, subirnos a las copas de los árboles para lanzarnos desde lo alto
al río eran nuestros ejercicios diarios por aquellos tiempos .Estoy seguro que
los niños de hoy no son tan felices como lo fuimos nosotros Recuerdo que por la
noche mi padre ponía la radio para oír las noticias sobre la guerra de Korea
pero como la luz tenía tan poca fuerza que, ni poniéndola a toda potencia lograba entender lo que decía.
Más de medio siglo después estas vivencias ahora recordadas y convertidas ,en sentidas añoranzas que llenan
el alma, han sido combustible inagotable
para el resto de mi vida .Una vida que Dios ha completado dándome, seis hijos y
diez nietos, que son para mí como la corona de laurel de los césares romanos.
Granada no tengas miedo de que el mundo sea tan grande, de que el mar sea tan
inmenso, tú eres la novia del aire, la de la zambra de plata la del almendro,
la que por fuera de nieve y por dentro fuego………………………………………………………….

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