MI JARDIN
El amor a las plantas, a la naturaleza
despertado e incubado a edad muy temprana en las riberas del geníl, (el mas
importante afluente del Guadalquivir, y que habían sido base y sustento de muchos
núcleos de población andaluces, como Loja, Puente Geníl, Ecija, Palma del Río, lugar donde finaliza su recorrido para engrosar las aguas
del Romano Betis;) que pobladas de una exuberante vegetación a ambos lados del
cauce, cuyos especimenes mas frecuentes son chopos, álamos blancos y negros,
mimbres y tarajes, que nos servían de
refugio y escondite en nuestros ricos e interminables juegos infantiles;
objetos vivos de inspiración para uno de los mas excelsos poetas de la
literatura española, me refiero especialmente al romancero gitano de García Lorca,
máximo representante del alma y el sentir andaluz, que reflejó como nadie, ese
espíritu rebelde e independiente en lo personal, que nos caracteriza.
Mis lecturas sobre Celestino Mutis,
sacerdote que estudió botánica en Madrid, medicina y filosofía en Sevilla, nacido en
Cádiz en 1732 y fallecido en Santa Fe de Bogota en 1808, a donde viajó como
medico personal del marques de la
Vega , virrey de Nueva Granada; que enriqueció culturalmente
el país, fundando una cátedra de matemáticas y posteriormente un observatorio
astronómico, recorrió el territorio del virreinato estudiando la flora del
mismo y comunicando parte de los materiales reunidos a Lígneo, (insigne
botánico que junto con Humboldt, son los máximos exponentes en la materia) una
de las especies descubiertas por el y que lleva su nombre es la Mutísia , planta arbustiva
trepadora de hojas alternas terminadas en zarcillos de flores purpúreas.
Todas estas experiencias prácticas y
teóricas, han sido la semilla que algún día habría de germinar, teniendo como
resultado la ejecución de mi propio jardín.
Al tener construida una casa de campo en
1967, en un monte cuya proximidad al mar,
nos permitían oír el romper de las olas; comencé a tener la oportunidad de
llevar a cabo mi proyecto, pero las dimensiones del solar no me permitían
ejecutar la idea en su totalidad, así es que adquirí una nuevo terreno, de mil
metros cuadrados, situado aledaño con el mío, que me posibilitarían cumplir el
sueño tan desde niño deseado.
Compré algunos libros sobre el tema, que me
servirían más como orientación que como
copia, pues el jardín debe ser algo personal, que refleje la forma de ser de
sentir de sus propietarios, y lo digo en plural porque mi mujer, que tiene un
sentimiento más acusado que el mío respecto de las plantas, pasa horas y horas
en su cuidado, no siendo para ella ningún esfuerzo ningún trabajo, sino por el
contrario un gozo una satisfacción, que le permite disfrutar, plantando,
regando, podando, o recogiendo los frutos del albaricoque, que en la primera de
las tres secciones en que hemos dividido el terreno se encuentra.
No queríamos un jardín de exposición sino un
jardín de vida, para vivirlo para disfrutarlo, la orientación este oeste y su
desnivel, nos ha permitido dividirlo en tres partes, separadas por una muralla
a manera de bancales y unos tres o cuatro escalones de acceso, a cada una de
ellas.
El mar al sur, al sureste y al suroeste, nos
permite unas vistas relajantes durante el día y más relajantes por la noche,
sobre todo en verano con la luz apagada, cuando la luna llena se refleja en el
agua, dándole esos tonos plateados que permiten ver con toda claridad, las
corrientes de agua que como ríos se mueven en distintas direcciones, y que ningún
pintor podría reflejar tan brillantes matices en sus cuadros; el silencio la
pureza del aire que respiras y el fulgor de las estrellas, observadas en
posición horizontal sobre una hamaca, te hacen sentir la grandeza de la
creación, haciendo vibrar y fortalecer esa sensibilidad que cada uno poseemos y
que en estas ocasiones experimentamos de una forma inigualable.
Al norte los montes que nos circundan, parecen
arropar con su esplendida arrogancia, esta zona del litoral como quien cuida el
más preciado de los tesoros, al noreste sierra tejéda que marca los límites entre las provincias de
Málaga y Granada, y que en invierno cubierta de Nieve, sirve de introducción de
antesala a la majestuosidad de Sierra Nevada. Perdón “transeamus” como decía
Pedro Antonio de Alarcón en su
maravilloso relato sobre la alpujarra. Volvamos a la descripción de la primera
parte del jardín, que comienza junto a la pared de la casa, a la que se accede
por una puerta desde la habitación contigua, la componen dos terrazas a diferente
nivel soladas con maceríes, baldosa típica de esta zona, elaborada con barro de
la tierra en horno artesano de alfarero; una de ellas con un porche de madera
de unos cinco metros por cinco, que nos sirve durante el verano y primavera,
para hacer las comidas y las cenas; lugar repleto de múltiples y gratos
recuerdos, pues aquí hemos celebrado bautizos, santos, cumpleaños, incluso la
boda de mi añorado hijo José Carlos; además de lugar para charlas juegos y
esparcimiento, la otra un poco mas elevada, con dos bancos de separación hechos
con azulejos antiguos y dos leones a modo de vigías en su cabecera; junto a la
muralla que limita y nos separa del terreno colindante, un seto de cañas de
bambú que le dan más intimidad al recinto, y en el rincón una toma de agua con
su goma para efectuar los riegos más próximos a ella.
Colgados en la pared del porche de madera,
hay múltiples cuadros con parejas de
azulejos enmarcados, como parte de la colección que he logrado reunir a través
de los años; a la derecha un cuarto trastero para guardar todos los utensilios
propios de estos menesteres, además de los productos químicos necesarios para
el tratamiento de las enfermedades de las plantas; todo ello adornado por
innumerables macetas que mi mujer cuida con esmero.
Al lado derecho y junto a todo el recorrido
de la muralla hay un amplio arriáte, con un chilíndro de flores blancas,
pilístras, rosales trepadores y buganvillas, un naranjo, un níspero, celestinas
y una parra de uvas moscateles propias de la axarquía, palabra de origen árabe que
significa lo que está al oriente. Al lado izquierdo una fuente formada por dos
parterres cuadrados con dos olivos todavía pequeños, una zona para el agua en
forma de “T” rematada con una pequeña escultura de cerámica vidriada trianera,
de un niño abrazando a un delfín por cuya boca sale el chorro y una especie de
piña elevada verticalmente sobre la mano con un nuevo surtidor. A continuación
una amplia barbacoa con pilares de ladrillo visto y techo de vigas cubiertas de
corteza de pino y cañizo, que proporcionan sombra mientras preparamos los
distintos asados; para llegar a ella recorremos un camino bordeado con romero
en forma de seto a ambos lados, que es frecuentemente visitado por las abejas
en su incesante búsqueda de polen.
El césped ocupa toda la zona central, en el
que hay dos granados como escudo emblemático de mi tierra granadina, un
esplendido albaricoque, árbol procedente de Persia, donde recibía el nombre de
berícoco, al llegar los árabes le añadieron el articulo al, convirtiéndolo en
alberícoco y una vez traído a nuestra tierra le añadimos un nuevo artículo, y
alguna otra modificación literal, para ser el actual nombre de el albaricoque; una palmera, un almendro, una
falsa pimienta (shínus molle) una Spathodea de flor amarilla, un pacifico de
flor roja (hibiscus), un pequeño tejo de lento crecimiento que me regalaron en
el monasterio del espino de los padres redentoristas, junto al pueblo de Santa Gadéa en la provincia
de Burgos. Este espacio de mullido verdor está muy concurrido y alegrado por las risas y los juegos de los
nietos, donde ejercitan sus cuerpos y dan rienda suelta a sus aptitudes, lo
convierten al regreso de la playa en campo de batallas acuáticas con las
mangueras de riego; sus saltos y
piruetas para no ser mojados por el contrario, les permiten de una manera
inconciente fortalecer sus músculos y ampliar su agilidad. Al volver la
tranquilidad a la zona regresan los pájaros que en los árboles anidan, mirlos,
jilgueros, tórtolas, verdones, abubillas, gorriones y esa especie de cotorras
de color verde, procedentes de hispano América que abundan en la zona, y que
acuden a comer especialmente las semillas de los cipreses.
Separado por un bordillo al final del
césped, y a todo lo ancho, varias cepas moscateles, un árbol de guayaba, un
membrillo, dos mandarinos, un naranjo, dos macetones con palmeras y un frondoso
laurel casi adosado a una amplia cabaña de madera, provista de tres camas, una mesa y un armario,
cuatro ventanales cara al este, de
magnificas vistas, donde duermen en ocasiones los amigos de mis hijos que los
invitan; ya junto a la escalera de acceso a la segunda parte, un acerolo, y una
planta rastrera procedente de África del sur de frutos comestibles en forma de
aceituna gordal de color Burdeos y fuerte sabor, un nuevo pacifico de flor
doble (hibíscus) y un níspero de Japón.
Al bajar los tres escalones que nos dan paso
a esta segunda parte, apoyado en una tosca balaustrada de madera, encontramos
nuevos arriates con cintas, cactus, una higuera y a la sombra de esbeltos cipreses
de varios tipos, justo al lado derecho de la corta escalera, un nuevo níspero y
un olivo cerca de la pared de una pequeña construcción de cuatro por cuatro,
con tejado y puerta blindada, para proteger no el valor material de las cosas
que guardo, sino el valor sentimental, al tratarse de recuerdos y objetos
familiares, así como una pequeña biblioteca y el sillón donde sentarse para
leer y poder oír, una de esas radios antiguas de lámparas y no de transistores
que aun funciona. A la izquierda cactus, azucenas y una pequeña alberca con cenefa de azulejos,
con granadas como motivo decorativo, para regar el huerto cuando se plantan
tomates, pimientos, berenjenas, calabacines; tres higueras más, cada una de distintos
tipos de higos, negros blancos y morillas, dos nísperos, otro olivo y un
azofaifo, que da un fruto parecido en su sabor a un dátil; esta zona esta
protegida a todo lo largo de la muralla
con un seto de cipreses, que le protegen del viento norte.
Tres últimos escalones para bajar al ultimo
espacio, más bien en estado natural, con una morera de moras rojas, cuatro
olivos, dos azofaifos, unas cuantas cepas de uvas moscateles, vegetación propia
de la zona y al final, separada y apilada por tamaños la leña para la chimenea,
que nos permite calentar el hogar después de la jornada de trabajo y sentarnos
a su alrededor, con un buen libro a esperar que la modorra se apodere de
nuestros recuerdos, y así como así sin
saber como ni cuando, cerrar otro día de paz sosiego y tranquilidad.
José Cuadros Moreno
No hay comentarios:
Publicar un comentario